Fotos de Charles Bukowski


FOTOS DE CHARLES BUKOWSKI


Charles Bukowski

Nació en Andernach, República de Weimar el 16 de agosto de 1920 y falleció en San Pedro, California, Estados Unidos, el 9 de marzo de 1994.
Nacionalidades: Alemana y estadounidense.
Movimientos: Realismo sucio, ficción transgresora y Generación beat.

Algunas de las obras sobresalientes: El cartero (1971), Escritos de un viejo indecente (1969), Ordinaria locura (1976) y Música de cañerías (1983).
En el portal Biografías y vidas (2019), Bukowski se describe como un autor que retrató personajes estrafalarios y marginales: prostitutas, alcohólicos, vagos, buscavidas, jugadores arruinados y bravucones que circulan como sonámbulos o pícaros por una ciudad que los rechaza.
El lenguaje usado tanto en su poesía como en sus relatos, fue y es calificado como rudo, escasamente lírico, de mensaje claro y áspero. También es acusado de usar un “lenguaje directo, funcional, con historias con finales “subidos de tono” y con una atmósfera sórdida o atravesada por la comicidad y el habla coloquial más descarnada”.
En el mismo portal, Bukowski es descrito como un autor con un humor grotesco, un estilo narrativo muy económico, espontáneo y directo.
Estas fotos que compartimos fueron publicadas en el libro “Charles Bukowski Die Ochsentour” (1982). Las fotos son de Michael Montfort.










































LOS MONOS DE AZÚCAR

Por Everardo Ramirez Puentes

La verdad, yo siempre quise ser uno de ellos.
Los veía pasar, soberbios, por la explanada central de la escuela, oliendo a Jockey Club como los mayores. Bien ordenados, derechitos, mirando con rencoroso desdén a los famélicos de huaraches de correa como yo: de boca abierta, seca y resentida, que teníamos las manos talladas, la piel calcinada.
Así eran ellos, todos los días: limpios, correctos, decentemente inofensivos. Aveces su rencoroso desdén se transformaba en una piadosa actitud de compasión hacía nosotros: el atajo huérfano, de chicles Canels, zapatos Canadá, y Chocomilk.
Nosotros, los campiranos, recargados contra las paredes de las aulas, los escuchábamos con singular atención: Qué tal profesor. Hola muchachas. Arriba ese ánimo. Eran muy seguros, no se equivocaban; creo que nunca vi caer a uno de ellos en un charco, ni regresar las evaluaciones con huellas de chile colorado, ni trastabillar en la clase de historia. Tampoco bajar los ojos frente al rostro deslumbrante de las muchachas o reprobar por un enamoramiento tragicómico -que siempre se inclinaba hacía la comicidad-.
Yo los veía pasar altivos, con sus camisetas límpidas de lana, sus pantalones amplios, de mezclilla, y sus tenis Dunlop. Las muchachas quedaban extasiadas, adorando en silencio a aquellos perfumados ángeles que levitaban sobre el piso. Ellos eran el centro de todo, el universo escolar giraba en torno suyo, ¿qué hubiera sido la escuela sin ellos, los monos de azúcar, espléndidamente alimentados con biberón hasta el tercer año de primaria?, ¿qué hubiera sido de nosotros, los apergatados en el vacío, los torpes de manos y píes, que casi siempre cometíamos los errores y ridículos? 
Estaban en todas partes. Eran la vanguardia, los invencibles, los audaces -Mundito pasa la pelota- y la zurda de Mundito, ¡zas!, la pelota llegaba domesticada... Eso, eso, y Noé fintaba a Garrincha, dejando tirados a los defensas, ¡zoooom!, remataba Beto. ¡Goooool! A esos cabrones nadie les gana, decía un compungido compañero que solía sentarse conmigo a ver los partidos. Mi mamá dice que es porque les dieron leche de burra. Yo no le contestaba, miraba los montes a lo lejos, levantando la vista al cielo, y pensaba: Es cierto, a esos cabrones nadie les gana.
Los lunes, después del homenaje a la bandera, se abrumaban de nombramientos: por su destacada participación..., la distinción al mejor alumno..., honor a quién honor merece..., con ustedes la patria tendrá un promisorio futuro, donde nuestro mayor emblema será la grandeza inclaudicable como el poeta López Velarde..., bla, bla, bla.., y no faltaba -como siempre- el desmayado, que a la hora más emocionante del discurso del Director, se caía desmadejado como un muñeco de trapo, con el estómago vacío. ¡El alcohol!, ¡Las aspirinas! Cuando aquel pobre hubiera querido escuchar : ¡Las gordas, la Doble Cola! Pero no, el pobre Cata siempre se desmayaba los lunes. Él y sus pecas, el trompo de mezquite y su atinada zurda, con la que preservaba a las chivas de los coyotes. siempre Cata aguando los lunes. siempre Catalino con sus ojos hambrientos. ¡Pobre Cata!
Un maestro socialista trasnochado, tuvo la ocurrencia de solicitar al ejido una parcela para la escuela. Y allá vamos todos a desmontar, hombres y mujeres. Corten los mezquites, arranquen la engordacabra. quemen los huizaches, carguen las piedras. Los monitos de azúcar nomás nos miraban. ¿Te acuerdas Nando?. Tú y yo, envalentonados cargábamos las piedras que casi nos rompían las vertebras. Agarrábamos indiferentes la mala mujer, amarilla y espinosa. A puntapiés arrojábamos las cascabeles, pero las muchachas no nos miraban; tenías razón Nando, a esos cabrones nadie les gana. Ellas seguían ora arrancando una carrihuela, ora viéndoles la transparente piel, el cabello embrillantinado, rodeado de mágica luz.
Agobiados por el hambre, tú y yo, Nando, siempre cambiábamos comida por la fuerza bruta: tumbar un mezquite costaba una torta de aguacate. Amontonar piedrita un Jarrito o un Pep. Los monos de azúcar siempre se conservaban limpiecitos, intactos, sin manchas; y yo cría que estaban protegidos por una burbuja, llegué a creer que respiraban otra cosa, ¿te acuerdas, Nando?
Ese verano del 78, ocurrieron cosas maravillosas que marcaron mi vida. De vacaciones nos la pasábamos en el río, agarrando sardinas que se refugiaban debajo de las piedras, espiando turbios encuentros sexuales que alteraban la paz de los membrillos, robándonos los elotes o persiguiendo a las muchachas entre los callejones oscuros; todavía recuerdo la mirada aterrorizada de Lupe, cuando quise abrazarla. Estoy seguro que me vio cara de falo cegado por el deseo, por la fiebre de la posesión, por la sangre que se agolpaba en mi rostro como un horno. 
Pero, Nando, ellas no nos querían, ni pensaban en nosotros. Ellas soñaban con los monos de azúcar que vivían en el Centro, que fumaban Raleigh o Salem mentolados, y que pasaban raudos en sus bicis, rompiendo el silencio de las calles.
Fue el verano de la tragedia. Los del Barrio, devastados en una esquina escuchando cómo los desnutridos tunecinos destrozaban a nuestra selección: el Gonini Vázquez Ayala errático y Leonardo Cuellar enredado en los laberintos de su cabellera. Después vino Polonia. Alemania con sus siete a uno. Ya, ya párenle, y los hijos de... Europa nos devolvió avergonzados a casa. Después de la melancolía invadimos las calles hasta las altas horas de la noche: la radio nos despertaba la imaginación, y allá un izquierdazo que dejaba ver las uñas embarradas en las piedras, creyendo ser Boniek o un desesperado entre dos piedras, tirándose como Pilar Reyes.
Terminábamos acostados sobre las banquetas, agotados, viendo como la luna nadaba luminosa entre nubes grises que parecían trapos viejos. Observamos las copas oscuras de los nogales. Percibíamos las estrellas titilando entre los pocos espacios que dejaban las nubes; allá, en la barda de la escuela -no te enojes Nando- estaban los monos de azúcar con las muchachas, restregándolas contra los adobes. Con un orgullo inútil, tratábamos de ignorar aquellos encuentros, calientes y tibios, como espuma de chocolate. Ves aquel satélite, Nando, míralo, allá va...
Cuando iniciamos el ciclo escolar 78/79 de secundaria, me enamoré de Griselda, una muchachita de ojos amielados y blanca como las auroras de verano. Con cuanta impaciencia aguardaba aquellos encuentros que me hacían olvidar a los monos de azúcar. Por ella, montado en un burro, yo me creía Alejandro Magno sobre Bucéfalo arengando invictas falanges. Por ella, las calles parecían jardines envueltos de fragancias exóticas. Por ella perdone a los molestos perros y exhoneré de toda culpa al gato que se comió al pollito preferido de la familia. Griselda en la sopa, en la lectura de español, en los campos de alfalfa, en la poderosa flor de las biznagas. Griselda en los ojos fijos de los bagres, en los uniformados maizales, en la peña donde habitaba el mítico Chan. Griselda en la misa agarrando una flor... Griselda -maldita sea, Nando- viendo a los perfumados, a los príncipes, a los infallables, a los puros: a los monos de azúcar. Cierto, Nando, cierto, a esos cabrones nadie les ganaba.
En una clase de Educación Física, viendo el maestro nuestros adelantos en el futbol, nos pidió cambiar de vestimenta: nada de huaraches, ni pantalones, sólo shorts y tenis. Comunique ésto a mi madre, quien, devota, por las tardes comenzó a diseñar un short color verde limón.
La máquina de cocer en el patio crujía como vieja locomotora, mientra yo ensayaba las paredes, las fintas y el tiro con el empeine. Después de desgranar las mazorcas bajo la sombra de una veterana mora, fui observando cómo el short tomaba forma. Mamá cada vez que ensartaba el hilo en la aguja no paraba de decir: Nada como la terlenka, sólo la terlenka es buena, la terlenka no se acaba mientras no le prendan un cerillo.
Mi papá consiguió unos shoots, 3 números más grandes -del 28- que mi pie. Eran rojos, de un plástico que llegué a odiar en mayo , cuando sentía el desierto del Sahara en mis pies. El día llegó, paciente, con la seguridad de quién sabe que las cosas van a salir bien. Vi como los monos de azúcar se sujetaban los shoots, esos sí, a su medida exacta, y se ponían sus discretos pero elegantes shorts Adidas. Miré de reojo el rostro de Griselda. Sentí una emoción infinita y comencé a vestirme, primero el short verde limón que causó risitas maliciosas, y después los shoots que mi padre me había rellenado con la borra de un viejo colchón. Supe que se reían por envidia -hasta tu te reíste, Nando- Me gustaba el short, aunque hubiera algo femenino en él que provocaba mi desconfianza.
No bien toqué la pelota cuando un compañero, desde el otro extremo gritó desaforado: Pásala, Hernán Cortéz. Mire abrumado mi short verde, me di cuenta que tenia unos horrendos elásticos que abombaban inmisericordes la tela, la cual a esa hora del día, era una caldera. El ridículo estaba consumado. Miré a la porra, señalándome impía: y, perdida entre las cabezas Griselda se sujetaba el estómago muerta de la risa. Ya no te digo, Nando, cómo se burlaban los monos de azúcar. Esa noche no dormí pensando en que jamás volvería a ver los ojos amielados de Griselda.
Me hubiera muerto de tristeza, pero un día apareció un maestro joven, de sonrisa fácil, cargando un bulto de libros sobre su espalda. Era el nuevo maestro de Español. Su clase constituyó una verdadera fiesta, ¿te acuerdas, Nando?, ahí comenzamos a leer a la Generación del 27, a escribir los primeros versos, de pésimo gusto, imitando a Góngora, a Rubén Darío. Comencé a enviar las primeras cartas de amor y entendí cuál podía ser la debilidad de los monos de azúcar.
Formamos un Club de Lectura. Poco a poco fuimos siendo alguien en la escuela: Miguel Hernández, León Felipe, Albertí, Bennedeti, Lorca, Neruda, Huerta. 
Fue cuando percibí una pequeña lucesita de amor en los ojos de Griselda, una luz que aún me acompaña. Supe entonces que, aunque yo quisiera, ya no podría ser un mono de azúcar.